El placer de descansar debajo de una encina

Aug 4, 2013 - Marcel Odena

Sin duda alguna uno de los placeres terrenales para mi en estos días veraniegos es descansar debajo el cobijo de una encina. Sentarse al suelo, reposar la espalda en el tronco del árbol, cerrar los ojos y sentir la inmensidad de la naturaleza. Esa naturaleza de la que venimos y de la que jamás deberíamos alejarnos. Recordar que de la tierra venimos, que polvo nos convertiremos y de nuevo a la tierra nos esparciremos. En estos días en los que la ciudad ha invadido nuestras vidas da gusto, ni que sea por unos instantes, reencontrarse con la naturaleza. Oír el ruido incansable de las cigarras. Volverlo a escuchar con atención y descubrir cómo el ruido se transforma en una espléndida armonía.

Un sorbido de café y….hay!, cuan diferente sabe al café que te tomas en medio de una reunión de trabajo.

Ser invadido por una hormiga de esas gigantes, negra y roja, y descubrir cuan terrenales somos. Ver como hay vida por doquier que mires. Contemplar un árbol, que sin molestar a nadie, hace de pulmón del planeta. Ver cómo la vida pasa. Ver cómo cada cual tiene su misión y su esperanza de vida. La cigarra que durará hasta que el verano acabe. Esa mosca que durará hasta que un pájaro la capture para dar de comer a sus pollitos. Ese árbol sabio y frondoso que con su gesto impasible seguramente va a vivir más que nosotros. Seguramente vio a nuestros bisabuelos hacerse grandes, a nuestros padres, y ahora me ve a mi con mis hijos. Estos árboles, notarios de la naturaleza por excelencia.

Nuestras vidas son eso, cuatro días en la escala de medir de un árbol frondoso. Una eternidad en la escala de medir de una mosca. Todo depende, según se mire.

Y aquí debajo de un árbol es donde uno carga pilas. Aquí donde el significado del dinero no existe. Aquí donde los seres vivos hablan de igual a igual. Aquí en la paz de un árbol es donde se comprende mejor la tiranía de la ciudad, la tiranía de lo que llaman economía “avanzada”.

Aquí donde el tiempo es más subjetivo que en otro lugar. Aquí donde las agujas del reloj son irrelevantes porque el tiempo lo marca el Sol. Aquí donde no puedes engañar a la naturaleza con paredes que oculten qué momento del día es.

Aquí donde todo es calma y armonía. Aquí donde el placer de descansar debajo de un árbol es mi mayor objetivo en estos momentos.

 

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  • Alberto Sánchez

    Desaprender, re-conectar con un uno mismo, con la naturaleza, con el Todo. La ciudad apantalla nuestra capacidad de conexión. Jaula de Faraday sin escrúpulos, repleta de fueguitos* dispersos. Entropía voluntaria e inconsciente. Es lo que quieren que seamos, pequeños fueguitos inconexos. Pero no somos eso, no podrán con nosotros. Somos una gran hoguera en potencia. Somos pura conexión y la ciudad puede ser una herramienta para conectar y no para aislarse. La Naturaleza nos muestra que todo está ligado, y los seres humanos formamos, mal que nos pueda pesar, parte de ella. No hay tutía.

    Está bien retirarse a descansar bajo una encina para tomar distancia, respirar con sosiego, saborear cada segundo y volver a la ciudad un poquito más sabio. Celebro que lo sientas así Marcel!

    Ahora sé que entenderás porqué en esta nueva etapa vital vivo en un pueblecito de poco más de 100 personas, con un encinar al alcance de unos pocos pasos, con un río antiguo y sabio como el Duratón y un atardecer precioso a diario. Me ayuda a re-conectar.

    En estos momentos de mi vida… la ciudad no está hecha para mí.

    *El concepto “fueguitos” lo descubrí ayer en la voz de un amigo: David Hernández Sevillano, excelente poeta y mejor persona, que recitó ayer el poema con título “Un mar de fueguitos”, de Eduardo Galeano, en la 1a Jornada Poético-Musical de Fuentidueña (Segovia).

    Aquí te dejo este regalo Marcel:

    “Un hombre del pueblo de Negua, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

    A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

    -El mundo es eso – reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

    Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.”

    -Eduardo Galeano-

    Un abrazo!
    Alberto

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    Soy Marcel Odena, fundador de Magnetica Advertising, empresa focalizada en el marketing digital. Estoy certificado en Google Adwords y Analytics. Me gustan los retos y compartir algunos conocimientos con ustedes.

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